Cuando mamá está triste

Cuando una mujer se convierte en mamá, asume un compromiso de por vida. Dentro del pacto implícito que hace con la vida, con Dios y sus bebés, está siempre preservarlos y protegerlos de todo lo que pueda dañarlos.

Muchas veces, hacemos esfuerzos enormes porque esto sea así. Otras veces, “sacrificamos” una o varias partes de nosotras con gusto, para siempre sacarles sonrisas, verlos felices. Pero que pasa cuando, por esas cosas que tiene la vida misma, tenemos un dolor en el corazón que no podemos ocultar? Que pasa cuando mamá está triste?

La tristeza es, creo, la emoción que peor se lleva con la maternidad. Es la más difícil de ocultar y maquillar.

Las mamas tenemos está conexión única con nuestros hijos, que definitivamente aunque tratemos de hacer el mejor show de Impro, o pongamos la enorme sonrisa ante ellos, siempre llegan a sentir a mami diferente.

Cuando aún no tenemos hijos, podemos tirarnos a la cama a llorar las penas.

A sacarlas y reponernos. Pero cuando ya están los enanos en casa, las emociones no son tan fáciles de gritar a los cuatro vientos.

Ya no podemos tomarnos una botella de vino sola, ya no podemos ir a hacer pijamada donde amigas o ir a conversar y llorar horas a un café. Ya todo cambia.

A veces, tenemos que hacer esfuerzos sobrehumanos para poder comernos las lagrimas. Usar nuestro par de minutos a solas en el baño para poder respirar hondo, volver a conectarnos con esa madre sobre protectora que tenemos adentro y pensar que aunque el corazón nos duela, todo puede ser mejor.

Tenemos que esperar a que se duerman para llorar a mares, y en cada lagrima ir soltando lo que nos duele para sanar de a pocos, y sentirnos menos pesadas al día siguiente.

Aunque, lógicamente, hemos llorado delante de mis hijos… hay ciertas tristezas que vienen con un cargamento de dinamita incorporado y necesitan explotar; que necesitan salir de alguna manera.

Pero, como mamas, no podemos permitir que esta explosión salpique a nuestros bebes.Tenemos que esconder la lagrimas y cambiar las caras largas por abrazos, juegos, risas.

Hay que darle cabida a las canciones tiernas, los cuentos donde los problemas son nada y llenarnos de palabras cariñosas para arrullarlos, cuando somos nosotras las que necesitamos ser acariciadas y abrazadas.

Sí, somos mamas, somos super poderosas… pero también somos mujeres. Con el corazón entero y fuerte, pero a la vez con esa fragilidad que nos hace vulnerables ante los problemas que la vida y la adultez nos trae.

Nos podemos sentir perdidas, con ganas de rendirnos, tirar la toalla. Con esas ganas de no tener ganas de nada, donde sonreír nos duele y se convierte en un esfuerzo casi sobre humano.

Nos encantaría ser niñas de nuevo, acurrucarnos en los brazos de mamá o en el pecho de papá y llorar hasta quedarnos dormidas… pero ahora nosotras somos las dueñas de esos brazos y de esos pechos, capaces de calmar dolores, frustraciones y secar lagrimas. Hoy, tenemos a pequeñas personas que nos tienen de ejemplo, de guía.

Y aunque los veamos chiquitos, indefensos, frágiles. Aunque aún no hablen ni gateen o ya sean adolescentes en su propio mundo… son los únicos capaces de ir sanando el corazón de a pocos.

Así, aunque creamos que somos nosotras las que tenemos que enseñarles a ellos, ellos nos dan esa paz que nos mantiene como una columna sólida ante los problemas, Son nuestra mejor terapia, medicina, vitamina.

Ellos, esos seres perfectos y nuestros, son los que nos llenarán de energía cuando la nuestra se ponga en pausa. Son, solos ellos, nuestro motivo más grande para dar nuestro mejor esfuerzo para sacar esa tristeza y contenerla.

Solo ellos, nuestra vida entera, son los únicos que sacarán nuestra mejor sonrisa, esa que nace en un corazón sano y feliz.

Si estás pasando por esa clase de tristezas, recuerda que siempre hay alguien para escucharte. que no eres la única, que hay más mamis como tu… que no están en su mejor momento.

Pero, sobretodo, mira a tu alrededor. Mira quien te ve, te imita, te sigue cada paso y te tiene como su salvavidas en este mundo que, recién, está aprendiendo a descubrir.

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